lunes, 2 de noviembre de 2015

EL CHARRO NEGRO

Durante la etapa del Porfiriato y la Revolución Mexicana nace esta historia, bajo la explotación de la gente, sin la más mínima consideración de las garantías humanas, bajo el enorme poder del dinero que puede atropellar y humillar por completo la dignidad del hombre, comprar la vida y disponer de ella como si fuera cualquier objeto.

En un ambiente de represión y falta de libertad, surge la imagen del Charro Negro, un héroe que te daba dinero a manos llenas con una pequeña condición: dar a cambio el alma.

Varias personas describen a este misterioso personaje como un hombre alto y corpulento, con su traje negro de charro engalanado con botonadura de plata, con sombrero de charro de ala ancha, galoneado con hilo de plata. No faltaba el hermoso corcel negro que lo espera impacientemente para llevarlo como alma en pena por los caminos.


La región de Puebla es tierra pródiga donde abundaron las haciendas, los enormes latifundios con pródigas cosechas que proporcionaron a los hacendados grandes cantidades de dinero, convertido a su vez monedas de oro y plata.

La gente del pueblo cuenta que la maldad de los hacendados era tanta que, además de asesinar, abusaban de las honras de las mujeres y disponían de la vida de los hombres y niños. Esta maldad hacía que al morir sus almas se perdieran eternamente en el fuego del infierno, por lo que sus espíritus penaban en busca del perdón terrenal para pagar sus culpas en el más allá.
Los abuelos afirmaban que sus almas no podían descansar en paz hasta que no repartían todo el dinero que en vida acumularon con desenfrenada avaricia. Tal es la razón de querer compartir sus riquezas materiales a todo aquel que le ofrezca su alma para cambiarla a Satanás por el perdón de su ambición y lujuria.

El miedo y el terror llevaba a la gente del pueblo a relacionar al Charro Negro con el diablo, conocido entre nuestra gente como el “chamuco”.

Se podría hacer un compendio interminable de las leyendas del Charro Negro que también lo relacionan con Emiliano Zapata “El Caudillo del Sur”, a quien Porfirio Díaz le llamaba “El Atila del Sur” por la increíble resistencia que opuso al régimen porfirista. Estas son las características de nuestro personaje, pero he aquí una de tantas leyendas del misterioso “Charro Negro”.

Nadie se explica cómo Don Pedro se hizo inmensamente rico de la noche a la mañana. La gente no puede dar razón de cómo un simple borrachín, pasó en un santiamén de un miserable “calientero” a ser el hombre más respetable y temido del pueblo. La única explicación que encuentran es que Don Pedro fue a pedir un favor al Diablo en el Cerro Zapotecas que se encuentra al poniente de Cholula.

La gente cuenta que uno de esos días de parranda, casi anocheciendo, tomó la decisión de ir al Zapotecas y lo cuentan cómo si todos hubieran estado viendo.
Que estando allá se puso a gritar como loco infinidad de injurias y al invocar al maligno decía con voz aguardentosa: ¡No te tengo miedo, diablo jijo de la …! ¡Ven quiero verte! ¡Aparécete, Charro Negro! ¡Vengo a cambiarte mi alma por dinero! ¡Quiero tener mucha plata!.

Don Pedro, en el más alto grado de alcoholismo y con la voz ronca por el esfuerzo, casi volvió a su juicio cuando empezó a soplar un viento helado y siniestro, mientras que a su espalda se oía el relinchar de un caballo y la voz gruesa de un hombre que le dijo: ¿Me andabas buscando?.

Esta voz cavernosa lo dejo paralizado mientras su cuerpo empezó a sudar frío. Oía el lento trote del caballo que se acercaba a él y en vano trató de pararse para empezar a correr, pero cuando alzó la vista se topó con un fétido olor a azufre y logro oír el tintineo de la botonadura de plata que brillaba a la luz de una pálida luna cubierta por una extraña neblina, así como la danza macabra del cuaco.

Cuando el hombre se apeó, la curiosidad lo hizo buscar la cara del individuo y sólo halló un profundo abismo entre los hombros y el sombrero, pero estaba seguro de que de ahí provenía esa terrible voz que le dijo:
-Sabía que tenías que venir, dime cuanto crees que vale tu miserable humildad, ya que solamente los que necesitan dinero me vienen a buscar.

Su miedo apenas le permitió mover afirmativamente la cabeza al momento que a sus manos cayó un pergamino, mientras que el Charro Negro le decía: ya sabes lo que me tienes que dar a cambio, sólo tienes que firmar y año con año el alma de alguno de tu familia me tendrá que pertenecer.

Al término de esto sintió un golpe punzante en la mano y vio derramarse su sangre por el cuchillo que le arrojó el aparecido. Oyó de nuevo la orden. Pon la huella de tu sangre y todo el dinero que quieras será tuyo.

Decidido Don Pedro mojo su dedo en sangre y más que sellar manchó dicho documento que al instante fue arrebatado. Todo fue tan rápido, el horrible relinchido del caballo del mal, el salto sobre su cuerpo y la terrible carcajada del Charro Negro que se alejaba a veloz galope.

Pedro perdió el conocimiento. Al amanecer halló dos sacos a reventar de monedas de oro, sangre regada frente a él y un misterioso cuchillo de plata como recuerdo de su pacto. Después vinieron las sensaciones, el dolor de la herida en su mano, sus remordimientos y la terrible cruda de su embriaguez.

Algunas personas que visitaron su lujosa casa, decían haber visto la daga de plata que orgullosamente guardaba. Los criados dicen que lo han visto en el río cuando se baña y que tiene la espalda tatuada con un demonio. Cuentan que varias veces lo han intentado matar y que nadie ha podido contra el pacto porque solamente Lucifer tiene el derecho sobre su persona.

Han pasado muchos años, se ha quedado solo, sus riquezas son incontables, su hacienda es la más grande de la región, solo lo acompaña un perro negro con aspecto diabólico que Don Pedro quería más que a nadie. En la hacienda, la gente decía que ese perro era el mismísimo Satanás.

El día de la muerte de Don Pedro, cuando lo estaban velando los mozos, de repente penetró a la sala un ventarrón extraño, se apagaron los quinqués y las cuatro velas que resguardaban el ataúd. Se oyó un terrible ruido cuando cayó el féretro al suelo y rechinaron los muebles y crujieron las paredes y las puertas.
Todas las mujeres llegaron a rezar el Santo Rosario y gritaron al unísono: ¡Ave María Purísima! ¡Cristo Ampáranos! cuando volvieron a encender las luces. En el suelo estaba la caja vacía mostrando solamente el forro almohadillado de satín negro, mientras que afuera se oía el lamento del perro negro con su aullido infernal. Cuando pasó la terrible impresión colocaron el ataúd en su lugar y todos se hincaron a rezar el Santo Rosario.

Dicen en el pueblo que al otro día llevaron al panteón la caja llena de piedras para disimular y misteriosamente el perro negro desapareció de la hacienda. Ahora el alma de don Pedro vaga penando por la hacienda, ofreciendo su dinero a aquel que le mande a decir treinta misas por el perdón de su alma.

Libro: Cholula Mítica y Legendaria
Leyendas de Cholula
Donato Cordero Vázquez
Recopilación Myrna Rojas Flores

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